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lunes, 1 de diciembre de 2014

Patas Arriba (XIV). Lecciones de la sociedad de consumo

"Por las noches, para no ver,
enciendo la luz"



El suplicio de Tántalo atormenta a los pobres. Condenados a la sed y al hambre, están también condenados a contemplar los manjares que la publicidad ofrece. Cuando acerca la boca o estiran la mano, esas maravillas se alejan. Y si alguna atrapan, lanzándose al asalto, van a parar a la cárcel o al cementerio.

Manjares de plástico, sueños de plástico. Es de plástico el paraíso que la televisión promete a todos y a pocos otorga. A su servicio estamos. En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te maneja, la computadora te programa, la TV te ve.

Globalización, bobalización

Hasta hace algunos años, el hombre que no debía nada a nadie era un virtuoso ejemplo de honestidad y vida laboriosa. Hoy, es un extraterrestre. Quien no debe, no es. Debo, luego existo. Quien no es digno de crédito, no merece nombre ni rostro: la tarjeta de crédito prueba el derecho a la existencia. Deudas: eso tiene quien nada tiene; alguna pata metida en esa trampa ha de tener cualquier persona o país que pertenezca a este mundo.

El sistema productivo, convertido en sistema financiero, multiplica a los deudores para multiplicar a los consumidores. Don Carlos Marx, que hace más de un siglo se la vio venir, advirtió que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la tendencia a la superproducción obligaban al sistema a crecer sin límites, y a extender hasta la locura el poder de los parásitos de la «moderna bancocracia», a la que definió como «una pandilla que no sabe nada de producción ni tiene nada que ver con ella».

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura del consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura empieza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

La difusión masiva del crédito, advierte el sociólogo Tomás Moulian, ha hecho posible que la cultura cotidiana de Chile esté girando alrededor de los símbolos del consumo: la apariencia como núcleo de la personalidad, el artificio como modo de vida, la utopía a cuarenta y ocho meses de plazo. El modelo consumista se fue imponiendo, a lo largo de los años, desde que en 1973 los jets Hawker Hunter bombardearon el palacio presidencial de Salvador Allende y el general Augusto Pinochet inauguró la era del milagro. Un cuarto de siglo después, a principios del 98, The New York Times explicó que ese golpe de estado había dado comienzo a «la transformación de Chile, que era una estancada república bananera y se convirtió en la estrella económica de América latina».

¿A cuántos chilenos ilumina esa estrella? La cuarta parte de la población sobrevive en estado de pobreza absoluta, y el senador demócratacristiano Jorge Lavandero ha comprobado que los cien chilenos más ricos ganan más que todo lo que el estado gasta cada año en servicios sociales. El periodista norteamericano Marc Cooper ha encontrado muchos impostores en el paraíso 

del consumo: chilenos que se asan con las ventanillas cerradas para mentir que tienen aire acondicionado en el automóvil, o que hablan por teléfonos celulares de juguete, o que usan la tarjeta de crédito para comprar papas o un pantalón en doce cuotas. El periodista también descubrió algunos trabajadores enojados en los supermercados Jumbo: los sábados por la mañana, hay gente que llena el carrito hasta el tope con los artículos más caros, se pasea entre las góndolas exhibiéndose un buen rato y después abandona el carrito repleto y se va por el costado sin comprar ni un chicle.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.


Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. Los Estados Unidos consumen la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que los Estados Unidos apenas suman el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre.

«Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».


Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un treinta por ciento entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un cuarenta por ciento en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado.


El país que inventó las comidas y bebidas light, la Diet food y los alimentos fat free tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión.

Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está colonizando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del sabor químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos ha confirmado, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal, en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

En 1996, dos militantes ecologistas británicos, Helen Steel y David Morris, entablaron una demanda judicial contra McDonald’s. Acusaron a la empresa por el maltrato a sus trabajadores, la violación de la naturaleza y la manipulación comercial de las emociones infantiles: sus empleados están mal pagados, trabajan en malas condiciones y no pueden agremiarse; la producción de carne para las hamburguesas arrasa los bosques tropicales y despoja a los indígenas; y la multimillonaria publicidad atenta contra la salud pública, induciendo a los niños a preferir alimentos de muy dudoso valor nutritivo. El pleito, que al principio parecía el pinchazo de un mosquito en el lomo de un elefante, tuvo bastante repercusión, ayudó a difundir toda esta información que la opinión pública ignora, y está resultando un largo y caro dolor de cabeza para una empresa acostumbrada a la impunidad del poder. Al fin y al cabo, del poder se trata: McDonald’s emplea, en los Estados Unidos, más gente que toda la industria metalmecánica, y en 1997 sus ventas superaron las exportaciones de Argentina y Hungría. El Big Mac es tan pero tan importante, que su precio en los diversos países se utiliza, con frecuencia, como unidad de valor para las transacciones financieras internacionales: la comida virtual orienta a la economía virtual. Según la propaganda de McDonald’s en Brasil, el Big Mac, producto estrella de la casa, es como el amor: dos cuerpos que se abrazan y se besan chorreando salsa tártara, excitados por el queso y el pepino, mientras arden sus corazones de cebolla, estimulados por la verde esperanza de la lechuga.

Precios baratos, tiempo breve: las máquinas humanas reciben su combustible y de inmediato retornan al sistema productivo. En una de estas gasolineras trabajó, en 1983, el escritor alemán Günter Wallraff. Era un McDonald’s de la ciudad de Hamburgo, que es inocente de las cosas que se hacen en su nombre. Wallraff trabajó corriendo sin parar, salpicado por las gotas de aceite hirviendo: una vez descongeladas, las hamburguesas tienen diez minutos de vida. Después, apestan. Hay que echarlas a la plancha sin pérdida de tiempo. Todo tiene el mismo gusto: las papas fritas, las verduras, la carne, el pescado, el pollo. Es un sabor artificial, dictado por la industria química, que también se ocupa de ocultar, con colorantes, el veinticinco por ciento de grasa que la carne contiene. Esta porquería es la comida más exitosa de nuestro fin de siglo. Sus maestros de cocina se forman en Hamburger University, en Elk Grove, Illinois. Pero los dueños del negocio, según fuentes bien informadas, prefieren los carísimos restoranes que ofrecen los más sofisticados platos de eso que se ha dado en llamar comida étnica: sushi, thai, persa, javanesa, hindú, mexicana... Democracia no es relajo.



Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor trasmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, este animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Pobre es el que no tiene a nadie, dice y repite una vieja que habla sola en las calles de San Pablo. Cada vez la gente es más mucha, y cada vez está más sola. Los solos amuchados forman multitudes que se apretujan en las grandes ciudades:

-¿Podría usted, por favor, sacar el codo de mi ojo?

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuros contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura de consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías. ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo veinte ha puesto fin a siete mil años de vida humana, centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América latina, tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo catorce, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.



El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Sarlo ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro.

El tradicional paseo de fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos oasis urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura de consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso inmediato. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. En este fin de siglo donde lo único permanente es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz, ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shopping center, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos existen fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin embargo y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

En estos santuarios del bienestar se puede hacer todo, sin necesidad de salir a la intemperie sucia y amenazante. Hasta dormir se puede, según los últimos modelos de shoppings, que en Los Ángeles y en Las Vegas incluyen servicios de hostelería y gimnasios. Los shoppings, que no se enteran del frío ni del calor, están a salvo de la contaminación y de la violencia. Michael A. Petti publica sus consejos científicos en la prensa mundial, en una difundida serie llamada Viva más. En las ciudades con mala calidad de aire, el doctor Petti aconseja a quienes quieran vivir más: «Camine dentro de un centro comercial». El hongo atómico de la contaminación pende sobre ciudades como México, San Pablo o Santiago de Chile, y en las esquinas el delito acecha; pero en este frígido mundo fuera del mundo, aire aséptico, paseos vigilados, se puede respirar y caminar y comprar sin riesgos.

Los shoppings son todos más o menos iguales, en Los Angeles o en Bangkok, en Buenos Aires o en Glasgow. Esta unanimidad no les impide competir en la invención de nuevos imanes para atrapar clientes. Por ejemplo, la revista Veja exaltaba así, a fines del 91, una de las novedades del shopping Praia de Belas, en Porto Alegre: «Para el confort de los bebés, se les brindan cochecitos, facilitando así el paseo de estos pequeños consumidores». Pero la seguridad es el artículo más importante que todos los shopping centers ofrecen. La seguridad, mercancía de lujo, está al alcance de cualquiera que penetre en estos bunkers. En su infinita generosidad, la cultura de consumo nos regala el salvoconducto que nos permite fugarnos del infierno de las calles. Rodeadas de inmensas playas de estacionamiento, donde los automóviles esperan, estas islas brindan espacios cerrados y protegidos. Allí la gente se cruza con la gente, llamada por las voces del consumo, como antes la gente se encontraba con la gente, llamada por las 

ganas de verse, en los cafés o en los espacios abiertos de las plazas, los parques y los viejos mercados: en nuestros días, esas intemperies están demasiado expuestas a los riesgos de la violencia urbana. En los shoppings, no hay peligro. La policía pública y la policía privada, la policía visible y la policía invisible, se ocupan de arrojar a los sospechosos a la calle o a la cárcel. Los pobres que no saben disfrazar su peligrosidad congénita, y sobre todo los pobres de piel oscura, pueden ser culpables hasta que no se pruebe su inocencia. Y si son niños, peor. La peligrosidad es inversamente proporcional a la edad. Ya en 1979, un informe de la policía colombiana, presentado al congreso policial sudamericano, explicaba que la policía infantil no había tenido más remedio que abandonar su obra social para dedicarse a «atajar las maldades» de los menores peligrosos y «evitar el estorbo que su presencia causa en los centros comerciales».

Estos gigantescos supermercados, convertidos en ciudades en miniatura, están también vigilados por los sistemas electrónicos de control, ojos que ven sin ser vistos, cámaras ocultas que siguen los pasos de la multitud que deambula entre las mercancías; pero la electrónica no sólo sirve para vigilar y castigar a los indeseables que pueden sucumbir a la tentación de los frutos prohibidos. La tecnología moderna también sirve para que los consumidores consuman más. En la era cibernética, cuando el derecho a la ciudadanía se funda en el deber de consumo, las grandes empresas espían a los consumidores, y los bombardean con su publicidad. Las computadoras ofrecen una radiografía de cada ciudadano. Se puede saber cuáles son sus hábitos y sus gustos y sus gastos, a través del uso que cada ciudadano hace de las tarjetas de crédito, de los cajeros automáticos y del correo electrónico. De hecho, esto es lo que ocurre cada vez más en los países de alto desarrollo, donde la manipulación comercial del universo on line está violando impunemente la vida privada para ponerla al servicio del mercado. Resulta cada vez más difícil, por ejemplo, que un ciudadano norteamericano pueda mantener en secreto las compras que hace, las enfermedades que padece, el dinero que tiene y el dinero que debe: a partir de esos datos, no es tan difícil deducir qué nuevos servicios podría contratar, en qué nuevas deudas podría meterse y cuántas nuevas cosas podría comprar.


Por mucho que cada ciudadano compre, será siempre poco en relación a lo mucho que se necesita vender. En estos últimos años, por ejemplo, la industria automotriz está fabricando más autos que los que la demanda absorbe. Las grandes ciudades latinoamericanas compran más y más. ¿Hasta dónde? Hay un techo que no pueden atravesar, sometidas como están a la contradicción entre las órdenes que recibe el mercado interno y las órdenes que trasmite el mercado internacional: la contradicción entre la obsesión de consumir, que requiere salarios cada vez más latos, y la obligación de competir, que exige salarios cada vez más bajos.

La publicidad habla del automóvil, pongamos por caso, como una bendición al alcance de todos. ¿Un derecho universal, una conquista democrática? Si eso fuera verdad, y todos los seres humanos pudieran convertirse en felices propietarios de este talismán de cuatro ruedas, el planeta sufriría muerte súbita por falta de aire. Y antes, dejaría de funcionar por falta de energía. Ya en el mundo ha quemado, en un ratito, la mayor parte del petróleo que se había formado a lo largo de millones de años. Se fabrican autos, uno tras otro, al mismo ritmo que los latidos del corazón, y los autos están devorando más de la mitad de todo el petróleo que el mundo produce cada año.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los oídos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

Los presidentes de los países del sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, un acto de magia que nos convertía a todos en prósperos miembros del reino del despilfarro, deberían ser procesados por estafa y por apología del crimen. Por estafa, porque prometen lo imposible. Si todos consumiéramos como consumen los exprimidores del mundo, nos quedaríamos sin mundo. Y por apología del crimen: este modelo de vida que se nos ofrece como un gran orgasmo de la vida, estos delirios del consumo que dicen ser la contraseña de la felicidad, nos están enfermando el alma y nos están dejando sin casa: aquella casa que el mundo quiso ser cuando todavía no era.



FUENTE: "Pedagogía de la sociedad", Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés, 1998, Eduardo Galeano. En línea: http://www.ateneodelainfancia.org.ar/uploads/galeanoescuela.pdf

jueves, 21 de agosto de 2014

Malleus maleficarum: El Martillo de las Brujas

En la cuarta entrega del libro Patas Arriba, de Eduardo Galeano, hemos mencionado como texto fundador del Derecho Penal El martillo de las brujas (Malleus maleficarum), y dijimos que era un manual de la Inquisición escrito contra la mitad de la humanidad y publicado en 1546, dedicando los inquisidores todo el manual, desde la primera hasta la última página, a justificar el castigo de la mujer y a demostrar su inferioridad biológica. Pero, ¿qué contenía realmente este libro? ¿Cuál es su importancia actual?

Como una breve introducción, podemos decir que se trata de un libro imprescindible si queremos entender la histeria colectiva y los asesinatos que en la Edad Media y aún durante el Renacimiento la Iglesia cometió contra miles de hombres y mujeres acusadas de hechicería. Este libro contó con la aprobación del Papa Inocencio VIII y es, quizá, el más claro ejemplo de cómo la Religión de la mano con el poder político llegó a sumergir en la más cruenta ignorancia y atraso a una porción de la Humanidad. Durante 200 años, éste fue el libro de referencia en los procesos contra la Brujería realizados por la Santa Inquisición. Pero veamos un poco más en profundidad qué significó este libro para la Santa Inquisición y por qué ha llevado a que el ilustre penalista  Eugenio Raúl Zaffaroni afirme que es el texto fundador del derecho penal.
El Malleus Maleficarum es uno de los libros más oscuros y nocivos en la historia de la Humanidad Carl Sagan, escritor y eminente astrofísico estadounidense, dijo de esta obra que en ella "se aplicaban las torturas más horrendas" y que "en el Malleus se aconsejaba: "no dejarás viva una bruja". Así se quemaron legiones de mujeres en la hoguera.

El Malleus Maleficarum

Este manuscrito fue hecho para probar la existencia de las brujas y compartir información sobre cómo combatir la brujería en el siglo XV, texto que recoge ejemplos y anécdotas de casos sobre herejes en la región europea. El libro fue publicado en 1486 en Alemania como una recopilación de creencias sobre la brujería, explicaciones sobre muchos aspectos intrincados de la misma y métodos para su erradicación, sirvió como una importante herramienta durante el período de histeria producido por la cacería de brujas de mediados del siglo XVI.

Este texto se convirtió en la guía más influyente para perseguir herejes y brujas. Su traductor, Montague Summers, lo describió como: "Uno de los libros más importantes, sabios e influyentes del mundo". La revolución de la imprenta del siglo XV permitió que el libro esté al alcance de las masas y por dos siglos fue el segundo texto más vendido, después de la biblia.

La impronta que el Malleus Maleficarum dejó como testimonio de la estupidez humana (ilimitada según Albert Einstein) es algo que la Historia nunca olvidará. Gracias a esta oscura obra se condenó a medio millón de brujas entre los siglos XVI y XVII. Por él, en apenas tres meses, cinco mil mujeres fueron juzgadas en Génova, siete mil en Trier y, en los famosos Juicios de Salem llevados a cabo en USA a fines del siglo XVII, cuatrocientas brujas sintieron el peso del martillo inquisitorial: 230 siendo quemadas en público frente a las masas histéricas y fanáticas, viente siendo atrozmente degolladas y, con algo de suerte y "misericordia" de los jueces, 150 fueron a parar a prisión.

EL MARTILLO DE LOS EMBUSTEROS

En realidad el Malleus Maleficarum nunca fue oficialmente aprobado. De hecho, lo único que a nivel oficial Heinrich Kramer (conocido también como Heinrich Institoris) y Jacob Sprenger (sus autores) consiguieron, fue un decreto papal de Inocencio VIII emitido el 5 de diciembre de 1484, decreto éste que les otorgaba poderes para procesar brujas en Alemania y que había sido emitido antes de que el libro fuese escrito y sus siniestros métodos divulgados. No obstante, a pesar de eso los dos inquisidores colocaron dicho decreto dentro del libro como para dar la idea de que el papa aprobaba las atrocidades que ellos desarrollaban a lo largo de las páginas del Malleus Maleficarum.

Previamente a todo lo anterior, en mayo de 1487 los dos inquisidores presentaron su obra a la Facultad de Teología de la Universidad de Colonia. Como era de esperarse, los clérigos de la universidad rechazaron a la obra por ilegal, por carente de ética y por tener una demonología que no concordaba del todo con la doctrina católica. Lejos de rendirse, Kramer tuvo la maquiavélica osadía de no solamente publicar el libro sino también incrustar una falsa nota de apoyo por parte de la Universidad de Colonia.

Pese a que poco después de su publicación la Iglesia proscribió el libro, entre 1487 y 1520 la obra fue publicada unas 13 veces, y entre 1574 y 1669 se la publicó de nuevo unas 16 veces; naturalmente, la abundancia de publicaciones se debió en parte -al menos en sus comienzos- a que muchos ignoraban la desaprobación oficial y se fiaban de la falsa nota de Kramer; aunque, en etapas posteriores, su difusión prosiguió debido a la gran sed popular de soluciones contra la brujería.

Kramer fue denunciado por la Inquisición en 1490, pero a pesar de todas estas dificultades el autor pudo llevar una buena vida pues fue solicitado en 1495 para dar clases en Venecia. El 31 de enero de 1500, el rey Alexander VI lo nombró nuncio apostólico e inquisidor de Bohemia y Marovia, dedicándose a partir de eso a perseguir la secta de disidentes valdenses y brujos picardos. Poco después, Kramer falleció en el año 1505 en Bohemia.

En cuanto a la Iglesia Católica, ésta jamás reconoció que el Malleus Maleficarum fuese usado por sus fieles, pero la Iglesia Protestante sí lo usó para sus juicios de brujas. Es así que en gran medida se explica, más allá de lo anteriormente dicho, el porqué se difundió tanto el libro pese a la prohibición del clero católico. Y es que no resulta extraño que fuese la Iglesia Protestante la principal responsable de llevar a la práctica las brutalidades del Malleus Maleficarum; ya que, como es sabido, la Iglesia Protestante es mucho más radical que la Iglesia Católica en tanto que aboga por una interpretación mucho más literal de las escrituras, tiene una actitud mucho más moralista y sus seguidores han sido y siguen siendo individuos llenos de fervor, fanatismo y actitudes de condenación moral hacia los otros.

CONTENIDO DEL MANUSCRITO

El Malleus Maleficarum se traduce del latín como: "El martillo de brujas" o "Hexenhammer" en alemán. Este manuscrito asegura que hay tres elementos necesarios para la brujería: el primero es la bruja "malvada", seguido por la ayuda del Diablo y finalmente el permiso de Dios. Por estos motivos el libro fue dividido en tres secciones.

La primera sección fue hecha para refutar cualquier negación sobre la existencia de la brujería y así promover la justicia divina. Habla también sobre la existencia del Diablo y la habilidad que posee para realizar eventos sorprendentes, poder que existe para ayudar a las brujas, sólo si tiene el permiso de Dios. También aclara que los rituales del Demonio son más poderosos cuando hay sexo de por medio, lo cual en parte se relaciona con la creencia de que las mujeres son más sexuales que los hombres en virtud de una supuesta naturaleza más débil de voluntad e intelecto y por ende más propensa a las tentaciones de la carne. En el texto dice que las lujuriosas brujas tienen relaciones con el Diablo para así tener acceso a todos sus poderes. De acuerdo con el Malleus Maleficarum, la brujería proviene de la maldad innata del ser humano antes que de la influencia de los astros o de los demonios. 

En la segunda sección, los autores explican cómo funciona el poder de las brujas, los sortilegios que usan y los remedios usados para protegerse de la brujería. Hablan de las herramientas empleadas en estrategias para reclutar nuevos miembros, haciendo que algo malo le suceda a la vida de una persona, y ésta se vea obligada a recurrir a las brujas. También dicen que las brujas presentan demonios tentadores a las jóvenes del pueblo para que las corrompan y se conviertan en sirvientas del Diablo. Sprenger y Kramer explican cómo las brujas hacían pactos con el Diablo a cambio de poder, siendo aquellos conocimientos adquiridos principalmente durante su experiencia en las inquisiciones.

Dentro de la tercera sección se encuentra el aspecto técnico y legal del manuscrito, cubriendo todos los pasos necesarios para detectar y combatir la brujería dentro y fuera de la corte. Presenta los métodos más comunes, como el proceso de acusaciones hasta los tipos de interrogación. En el texto enseñan a los jueces a engañar al acusado prometiendo misericordia si confesaba su culpa. Esta sección también muestra cuándo se creía en el testimonio del acusado y en la necesidad de eliminar amenazas, aunque también enseña cómo los rumores del pueblo pueden llevar a cualquier persona a juicio y cómo si existía mucha oposición era obvio que el acusado era hereje. Finalmente, aclaraba que los inquisidores estaban protegidos por Dios y que las mujeres que no lloraban durante su juicio debían ser declaradas brujas de inmediato.

PERCEPCIONES MALÉFICAS

Debido a que el manuscrito se refiere a las mujeres como brujas, se cree que los autores odiaban al sexo opuesto (eran misóginos). Por esta razón inclinan más a las mujeres hacia la brujería, por ser, según ellos, más susceptibles a las tentaciones de los demonios y, al ser más carnales, tener menos fe que los hombres. El historiador Michael Bailey asegura que las mujeres de carácter fuerte eran acusadas de ser brujas y también aquéllas que no seguían las normas de vestimenta femenina, incluso el nombre Malleus Maleficarum es un título en femenino que, en su etimología, alude a las mujeres como villanas. En masculino el texto se escribiría "Malleus Maleficorum". Este manuscrito acusaba a las brujas de practicar infanticidio, canibalismo, realizar hechizos malvados para lastimar a sus enemigos y también les atribuía el poder de causar impotencia en los hombres y distintas enfermedades. No se puede negar el sexismo de este manuscrito ya que promueve a las mujeres como criaturas débiles, inferiores y más propensas al mal que el hombre.

Sin embargo, el Malleus Maleficarum sí consiguió información interesante de la época, ya que algunas brujas confesaron poder convertirse en animales. Ante esto los inquisidores sospechaban que el demonio las engañaba con ilusiones para atraparlas; también discute sucesos como volar, causar tormentas y destruir cosechas. Asimismo, deja la duda de que quizá algunas brujas tenían hijos de demonios en la Tierra.

En cuanto a su estilo, la escritura de esta guía es seria y sin humor, y aunque la información que contiene es difícil de creer, es presentada como segura.

El Malleus Maleficarum no es un libro original, es una extensa y ordenada recopilación de trabajos previos como los textos de Visconti y el famoso Formicarius escrito por Johannes Nider en 1435. Este manuscrito fue influenciado fuertemente por ideologías humanistas de temas antiguos como la Astronomía, Filosofía y Medicina, tendencias que fueron estudiadas nuevamente tras encontrarse viejos textos.

Aunque el Malleus Maleficarum fue prohibido por la Iglesia Católica, se convirtió en el manual más importante de los cazadores de brujas y los inquisidores de la Europa medieval. En la actualidad existe una traducción completamente nueva, gracias a Christopher S. Mackay, el texto fue publicado por el Cambridge University Press en noviembre de 2006. Este libro también ha hecho su aparición en la popular serie de televisión Supernatural en un episodio que lleva su nombre.

SUMARIO DE LAS CREENCIAS

El actual estereotipo de la bruja como una mujer de edad mayor, que vuela en una escoba acompañada por un gato, que participa en aquelarres nocturnos adorando al diablo, que forma parte de un grupo clandestino que realiza sacrificios humanos y ritos sacrílegos y que conoce todo tipo de pociones mágicas y maleficios se remonta a la antigüedad. Los cristianos fueron acusados de realizar este tipo de actos en la época del Imperio Romano: durante el siglo II fueron acusados de celebrar reuniones clandestinas en las cuales degollaban niños y mantenían relaciones sexuales no convencionales y adoraban animales. En otras épocas fueron los judíos los acusados de practicar este tipo de aquelarres. Siempre se trataba de grupos minoritarios vistos con malos ojos por la mayoría y los gobernantes. El Malleus Maleficarum fue un compendio de todas estas fantasías. Las brujas, en su mayoría mujeres, eran allí acusadas de ser responsables de todos los males de la sociedad.

El Malleus Maleficarum colaboró en crear el caldo de cultivo apropiado para perseguir a miles de personas en su mayoría mujeres, brujos y brujas, hechiceras y hechiceros, curanderos y curanderas, parteras y médicas hasta el siglo XVII. Entre 1450 y 1750 se da la llamada caza de brujas, uno de los acontecimientos más terribles de la historia de Europa.

Misoginia

Tanto Kramer como Sprenger eran prolíficos escritores y parte del Malleus Maleficarum es un resumen de un exhaustivo manuscrito sobre brujería escrita por Kramer. Generalmente, basado en la frase bíblica "A los hechiceros no los dejarán con vida" (Éxodo 22:18), el libro también echa mano de obras de Aristóteles, la Biblia, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino para respaldarse. El sexismo y la misoginia del libro es innegable -como ya hemos dicho más arriba-: la creencia de los autores de que las mujeres eran criaturas inferiores, más débiles y fácilmente corruptibles está enfatizada a lo largo de toda la obra.

La misoginia del libro se apoya en la de la tradición cristiana. A pesar de que es la primera vez que se establece un vínculo directo entre la mujer y la herejía de la brujería, para eso reúnen una serie de ideas ya existentes pero dispersas sobre la mujer que toman del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, de la antigüedad clásica, de autores católicos medievales y de los padres de la Iglesia. Para el cristianismo la virginidad siempre fue un ideal y, según el Malleus Maleficarum, la mujer es peligrosa por su sexualidad a pesar de ser necesaria para la reproducción.

Según el Malleus Maleficarum, toda la brujería proviene del apetito carnal que en las mujeres es insaciable. La superstición se encuentra ante todo en las mujeres y la mayor cantidad de los brujos son del sexo frágil porque las mujeres son más crédulas, más propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza. El pecado que nació de la mujer destruye el alma al despojarla de la gracia y todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres. Una mujer es hermosa en apariencia, contamina al tacto y es mortífero vivir con ella. Existen tres vicios generales que tiene un especial dominio entre las mujeres: la infidelidad, la ambición y la lujuria.

Tomado como un todo, el Malleus Maleficarum declara que algunas cosas confesadas por las brujas, tales como transformaciones en animales, eran meras ilusiones inducidas por el Demonio para atraparlas, mientras otros actos, como por ejemplo volar, causar tormentas y destruir plantaciones, eran reales. El libro habla detalladamente sobre los actos licenciosos y promiscuos cometidos por las brujas, su habilidad de crear impotencia sexual en los varones e incluso da espacio a la pregunta sobre si los demonios podrían ser los padres de los hijos de las brujas. 

LA POLÉMICA SOBRE LA REALIDAD DE LA BRUJERÍA

Los renacentistas italianos

Algunos filósofos renacentistas, como Marsilio Ficino, creyeron en la realidad de la brujería, pero hubo otros, como Pietro Pomponazzi, que la cuestionaron. Más contundente en su impugnación del Malleus... fue el jurisconsulto Gian Francesco Ponzinibio, quien partiendo del Canon Episcopi niega los vuelos de las brujas y otras fantasías atribuidas a ellas. Sus críticas a la creencia en las brujas fueron rechazadas por el Inquisidor Bartolommeo de Spina que lo acusó de hereje. El eclesiástico Samuel de Cassini, en un opúsculo publicado en Milán en 1505, también negó la realidad de los actos de los que se acusaba a las brujas, que fue respondido inmediatamente por el dominico de Pavía Vicente Dodo. La misma línea inquisitorial de Spina y de Dodo fue defendida por Paolo Grillandi en un libro sobre sortilegios, herejías y cópulas carnales, en el que contaba casos de brujería en los que había ejercido como juez en el sur de Italia, como en el ducado de Spoleto, y de las supuestas reuniones que mantenían las brujas en Benevento. Pero la obra de Grillandi y la de otros que defendían la realidad de la brujería fue criticada por Andrea Alciato, Girolamo Cardano, Andrea Cesalpino y Giambattista della Porta.

La experiencia del doctor Laguna en Metz


En Metz, el doctor Andrés Laguna llevó a cabo una experiencia hacia 1545 para demostrar que la acusación de brujería a una pareja de ancianos encarcelados por haber causado una grave enfermedad al duque de Lorena, del que Laguna era su médico, no tenía fundamento. Cogió el ungüento de color verde y fuerte olor que se descubrió en el lugar donde vivían los dos supuestos brujos y se lo aplicó a una paciente suya que padecía de insomnio. Entonces la mujer cayó en un profundo sopor durante el cual soñó cosas disparatadas, lo que convenció al doctor Laguna de que lo que decían los brujos y brujas era producto de alucinaciones. Sin embargo, su "experimento" no logró convencer a los jueces, y la supuesta bruja fue quemada y el marido murió poco después en circunstancias misteriosas. Al poco tiempo murió el duque y Laguna abandonó Metz.

Sacro Imperio Romano-Germánico

El Malleus tuvo una réplica inmediata por parte de un abogado de Constanza, Ulrico Molitor, que publicó De Iamiis et phitonicis mulieribus, en el que negaba la realidad de los vuelos de las brujas y otros prodigios atribuidos a ellas, inspirándose en la doctrina del Canon Episcopi. El libro tuvo varias ediciones y fue muy apreciado por sus grabados en los que se mostraban las supuestas acciones de las brujas. Sin embargo, el abogado opinaba que éstas debían ser castigadas por su apostasía y corrupción.

Por su parte los reformadores Lutero, Melanchton y otros creían firmemente en el poder de los maleficios, en la presencia del Demonio y en la realidad de los vuelos y metamorfosis de las brujas.

El médico Johann Wier, discípulo de Heinrich Cornelio Agrippa, escribió en francés un libro editado en París en 1579 en el que recogió todas las opiniones contrarias a la realidad de los actos atribuidos a las brujas, e incluso a los demonios. Según Caro Baroja, Wier "niega que el mismo Demonio ponga su poder al servicio de éstas [las supuestas brujas] y que, por lo tanto, se verifiquen realmente sus propósitos y que tenga lugar el pacto de mutuo acuerdo. El Demonio lo único que hace es engañarlas, apoderándose de su espíritu. Ahora bien, se comprende que para esto escoja a la gente más propicia, o sea los débiles, melancólicos, ignorantes, maliciosos, etc. Y como éstos abundan más entre las mujeres que entre los hombres, es natural también que entre ellas haya más captadas".

IMPORTANCIA HISTÓRICA DEL MALLEUS MALEFICARUM

Con el Malleus Maleficarum es la primera vez en la historia que aparecen integrados en un mismo escrito la criminología, o sea, el origen del mal, con el derecho penal, es decir las manifestaciones del mal y la criminalística, o sea, los datos necesarios para descubrir el mal en la práctica.

Es la primera vez en la historia que aparece en forma sistematizada una teoría sobre el origen del crimen, es decir, una etiología del crimen.

Esta estructura discursiva que legitima la violencia del poder punitivo permanece sin grandes cambios hasta el presente, lo único que se va modificando en cada nueva generación son sus contenidos internos. En casi todas las masacres históricas en los estados policiales donde el derecho jurídico y las garantías constitucionales se pierden se reproduce la estructura discursiva heredada del Malleus Maleficarum.

Desde la publicación del Malleus Maleficarum hasta nuestros días siguen apareciendo instrumentos discursivos inquisitoriales con idéntica estructura: se trata de una emergencia y, como es una amenaza extraordinaria que supone un riesgo para los cimientos de toda nuestra cultura y la humanidad entera, se deben tomar medidas extraordinarias para combatirla.

La supuesta emergencia es una forma de legitimar el desenfreno del poder punitivo que eliminando al supuesto peligro, y a todos sus cómplices, logra verticalizar el poder social cada vez más, generando los cimientos de un estado de paranoia colectivo que le permite al poder ejercerlo sin frenos ni límites eliminando cualquiera opositor. Si alguien duda de que la acusada sea una bruja es porque está también poseído por Satanás.

El resultado del discurso inquisitorial impuesto por el Malleus Maleficarum es que el temor a la supuesta emergencia es utilizado por el poder punitivo para eliminar cualquier obstáculo que se le presente. Cualquier persona que se oponga a ese poder punitivo será acusado de cómplice del mal, enemigo de la patria o un idiota útil a intereses foráneos y será condenado sin garantías ni derecho a la defensa.

La estructura del discurso del Malleus Maleficarum es la siguiente:

  1. Este crimen es el más grave de todos los conocidos hasta ahora y la frecuencia de las brujas es tan alarmante en la actualidad que estamos ante una emergencia que sólo podrá combatirse mediante una guerra.
  2. Todo aquel que dude de la existencia de esta emergencia será considerado hereje, cómplice, hechicero.
  3. Los inquisidores son infalibles y puros y los enemigos son inferiores.
  4. La condena es prueba suficiente de culpabilidad.
  5. Cualquier cosa que se salga de lo usual resultará sospechosa. Se garantiza la continuación de la masacre mediante la tortura que apunta a delatar cómplices que a su vez serán torturados para delatar.
El resultado es que termina reduciéndose el poder jurídico o derecho jurídico a la coerción directa o derecho administrativo policial porque contra el Mal, contra el enemigo, todo vale y si se cometen excesos son perdonables en aras de ese objetivo superior a todo que es salvar a la humanidad.


APÉNDICES

1- Uno de los fragmentos más absurdos del Malleus Maleficarum:

"¿Qué cabría pensar de semejantes hechiceras que... coleccionan órganos viriles en gran número, tantos como veinte o treinta, y los colocan en nidos de pájaro, o los encierran en cajas, donde se mueven como miembros vivientes y se nutren de avena y maíz?... Todo es obra del demonio y del engaño... Ya que cierto hombre me dijo que, cuando perdió su miembro, fue a ver a una conocida bruja para solicitar que se lo restituyera. Le dijo al afligido hombre que subiese a un árbol determinado y tomase el que le gustara más del nido en el cual había varios miembros. Y al elegir uno grande, la bruja le dijo: 'No debes coger ése'; y añadió: 'Porque pertenece a un cura de la parroquia'."

2- Recomendaciones para quienes quieran saber mucho más:

La primera recomendación que les hacemos es la lectura del libro El mundo y sus demonios de Carl Sagan, un astrónomo, astrofísico, cosmólogo, divulgador científico y escritor estadounidense del siglo XX. Él (una de las mentes más brillantes del s. XX) allí explica muchos procesos históricos relacionados con la brujería y el oscurantismo en general, además de otras cuestiones más vinculadas a la Ciencia, sus métodos, características y procesos argumentales; ya que, en general, el libro es un ataque a la Pseudociencia y la superstición y una apología de la Ciencia. Así, a pesar de la variedad de temas del libro, aquella parte en que habla del Malleus Maleficarum es ciertamente esclarecedora. 

Así como también pueden leer el libro Malleus Maleficarum. O si les resulta muy pesado, en este enlace hay un resumen, basado en la investigación, sobre el mismo.


FUENTE: Demonologia.net. Wikipedia