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martes, 30 de septiembre de 2014

"Franco mató a toda mi familia"

"Siempre me he sentido abandonado por España. Nadie hizo nada por nosotros y por eso nunca quise volver allí", asegura Félix Amat, de 87 años.

El Habana llega a Southampton con los niños vascos, 25 de mayo de 1937-

75 años después de su evacuación, algunos de los 'niños' vascos cuentan en la SER cómo vivieron su exilio en Inglaterra lejos de sus padres. Algunos volvieron a reencontrarse con sus tierras, pero más de 250 personas no fueron reclamadas por nadie y han pasado su vida lejos de España. 

En 1937, durante la Guerra Civil Española, casi 4.000 niños y niñas del País Vasco fueron evacuados a tierras británicas. El Habana, un buque inglés con capacidad para 400 personas, se acercó hasta el puerto de Santurtzi (Bizkaia) y los trasladó hasta Southampton, en Inglaterra. Dejando atrás su tierra y sus padres, sólo llevaban consigo algo de ropa y un cartón donde figuraba su nombre y un número de identificación. 75 años después de esa evacuación, algunos de esos "niños" vascos cuentan su historia a la SER.

Cuando Bene González subió al Habana tenía 15 años. Al estar su padre en la guerra, lo más duro para ella fue dejar sola a su madre. "La separación de mi madre fue un trauma terrible porque yo era la mayor de mis hermanos y estaba muy apegada a ella" lamenta Bene. El viaje en barco fue una de las peores cosas que recuerda. La marea era fuerte y el Habana tenía capacidad sólo para apenas 400 personas. El miedo que caracterizaba el rostro de todos los niños que había a su alrededor fue lo que más la impresionó "esos niños lloraban de forma diferente. Los niños de ahora gritarían de pánico pero ellos lloraban en silencio y llamaban a su amaxo". 

Una vez en el Puerto de Southampton, había unos autobuses que llevaron a los niños y al personal docente y sanitario hasta los campamentos. "Llevábamos una vida aburrida. El día se nos hacía muy largo porque no había mucho que hacer", recuerda Bene. Uno de los peores momentos fue la noticia de la caída de Bilbao, "aquello era terrible, todo el mundo lloraba porque lo primero que pensamos era que si Franco había entrado a Bilbao habría matado a nuestros padres".

Más tarde, los niños fueron trasladados a las colonias, a Bene le tocó ir a Escocia donde asegura que llevaba una buena vida. Pero ella añoraba el día en el que pudiera volver a España y ver a sus padres. "En la colonia estaban preocupados porque ya se veía venir la Segunda Guerra Mundial, por eso yo tuve mucho miedo. Y menos mal que nada más llegar a España es cuando empezó la Guerra, aunque algunos se tuvieron que quedar porque sus padres fueron asesinados. Pero yo me alegro mucho de haber vuelto", celebra Bene González.

Otros "niños" no tuvieron tanta suerte. Una amiga de Bene, que se llamaba Encarnación Benavente, quedó desamparada y la acogió una familia inglesa. "Con 18 años, se casó con un marino de guerra y poco después tuvo un hijo. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, nos cuenta Bene, "empezó a trabajar en una fábrica porque su marido estaba en la Guerra y entonces enfermó de tuberculosis. Murió con 22 años dejando solo a su hijo, que apenas tenía dos años".

Para esta mujer de 90 años, la evacuación no fue cuestión de republicanos ni de franquistas, "tenía el objetivo de alejarnos de las bombas y fueron dos bandos en lo que desgraciadamente fue una Guerra Civil, en la que lucharon hermanos contra hermanos. Es lo más triste", concluye Bene.

La experiencia para Félix Amat fue totalmente diferente. Para él y para sus hermanos fue un viaje divertido en el que pudo disfrutar del mar y lo veía como una oportunidad de ver otro país lejos de lo que sucedía en ese momento en España: "yo no recuerdo que fuera tan horrible. Lo único duro que hubo es que no podíamos comer bien porque nos mareábamos", cuenta Amat. "Mis padres me explicaron que tenía que irme fuera durante 3 meses por la guerra y por los bombardeos. Durante esos días, la gente venía a Bilbao con sus maletas y sus animales porque pensaban que allí estarían más protegidos", explica este hombre que tiene ya 87 años.

El año anterior a su llegada a Inglaterra, se había celebrado la coronación del Rey Jorge VI y las calles aún permanecían decoradas por eso, nos cuenta Félix que "la llegada al puerto de Southampton fue divertida. Pensábamos que las banderas y la decoración era nuestro recibimiento, pero no fue así. Guardo muy buenos recuerdos de esa etapa de mi vida. Mi niñez en la colonia fue como un paraíso lejos de la Guerra". De los 4.000 niños, al menos 250 no fueron reclamados por sus padres después de la guerra. Félix Amat es uno de los que se quedaron en Inglaterra: "mis hermanos y yo no podíamos volver porque no sabíamos donde estaban nuestros padres. Después de 75 años todavía estamos aquí".

Pero Félix Amat tampoco quería volver a España porque ya se había hecho a la vida inglesa: "después de terminar la Segunda Guerra Mundial yo ya tenía novia. No quise volver porque no quería dejarla en Inglaterra". Aunque ese no fue el único motivo que le retuvo en esas tierras. Cuando localizó a su familia le comunicó que la posguerra en España estaba siendo muy dura y además "habían mandado una carta para que yo hiciera el Servicio Militar, pero como no estaba en Bilbao pues no la podía hacer. Cuando quise volver no me querían dar el pasaporte español porque me consideraban un prófugo". Pero por todo lo que pasó, Félix Amat no ha echado en falta España: "soy más inglés que español. Siempre me he sentido abandonado por España y por eso nunca he tenido ganas de volver".

José Armolea tenía tan sólo 13 años cuando sus padres le dijeron que él y su hermano tenían que coger ese barco para no morir en la Guerra Civil. Vivía en Portugalete desde donde zarpó el Habana: "vimos ese barco llegar un par de días antes". A pesar de escuchar a diario el sonido de las bombas, Armolea recuerda su vida en Bilbao como la mejor etapa de su vida. El viaja duró 48 horas y para José fue algo difícil de comprender: "no entendíamos lo que estaba pasando, ese campamento era enorme y estaba lleno de niños. Pero al principio no fue una dura experiencia, porque estaba convencido de que ganaríamos la guerra y la vuelta estaba cerca", recuerda José, ahora con 86 años. A Armolea no le gustó mucho Inglaterra. "Teníamos que hacer turnos para que cada día uno fuera a por la comida porque hacía mal tiempo y eso que la comida era inglesa y muy rara. Además teníamos que dormir en colchones de paja". Como al resto de niños, sus padres le aseguraron que iba a ser cuestión de 3 meses y que estaría en buenas manos. Pero las cosas no fueron tan bien como él se esperaba: "lo diré una y mil veces, Franco mató a toda mi familia".

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, José Armolea fue trasladado a Bournemouth con una familia inglesa que se hizo cargo de él hasta que empezó a trabajar. "¿Que qué pensaba? Pues que he tenido mucha suerte al tener una familia aquí y sólo trataba de vivir de la mejor manera posible. Es una situación difícil de entender y de explicar".


FUENTE: Cadena Ser | Imane Rachidi | 08-04-2012

sábado, 27 de septiembre de 2014

Vencer o morir por la URSS

Muchos conocen la División Azul, unidad del ejército nazi integrada por voluntarios españoles que participó en la invasión de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, pero pocos conocen la heroica gesta de un puñado de españoles que en aquella guerra entregaron su valor y hasta su vida en contra del fascismo.



La Cuarta Compañía marchaba por la Plaza Roja en medio de una densa oscuridad que parecía absorber el paso de los soldados españoles.

Hace menos de dos años, poco después de llegar a la URSS, estuvieron aquí, en medio del histórico recinto que tantas veces habían contemplado en las fotos y en el cine. Inundada por multitudes, llena de alegría y risas, la Plaza Roja les pareció mucho más pequeña de lo que imaginaban. Ahora, desierta, sumida en el silencio y cubierta de montones de nieve, se hacía inmensa y parecía increíble que a contados kilómetros estuvieran las columnas acorazadas alemanas.

Justo cinco años antes, en el asediado Madrid de 1936, vieron por primera vez a las brigadas internacionales y los "chatos" y "moscas" (cazas soviéticos) que defendieron sus cielos. Pero en aquellos momentos, la línea del frente estaba a escasos kilómetros del corazón de Rusia, y la presencia de la unidad española en la Plaza Roja era prueba de la confianza que gozaban en la URSS los "españoles de Stalin".

En aquellos días cuando Moscú se preparaba para los combates callejeros, los españoles ocupaban posiciones bajo las mismas murallas del Kremlin. No fue fácil conseguirlo. Las leyes soviéticas prohibían el alistamiento de extranjeros en el Ejército Rojo, por lo que la mayoría de los españoles combatieron en unidades especiales destinadas a actuar en la retaguardia alemana, como la Brigada de Misiones Especiales OSMON cuya cuarta compañía estaba integrada sólo por españoles.

Entre ellos estaba mi abuelo. Recuerdo cómo le pedía que me contara algo sobre la guerra y su voz cuando decía aquello de "cuando estábamos en las `akopas`...", españolizando la palabra rusa "okop" (trinchera).

Cuesta imaginar lo que sentían aquellos españoles que apenas dominaban unas cuantas decenas de palabras en ruso cuando se lanzaban en paracaídas en la retaguardia enemiga, donde debían guardarse tanto de los alemanes como de los habitantes rusos, que lo más probable es que los tomasen por rumanos o italianos disfrazados de partisanos. Más mérito aún tienen sus proezas, petrificadas en monumentos sobre las tumbas españolas en Crimea y el Cáucaso, los bosques de Smolensk y Leningrado, y a orillas del Volga convertidas en auténticas leyendas.

En la antigua Stalingrado, a escasos metros del Volga, está la tumba del capitán Rubén Ruiz Ibarruri, héroe de la Unión Soviética e hijo de la "Pasionaria", Dolores Ibárruri.

Dos combates le cubrieron de gloria. En el primero, cerca de Borísov, al frente de un pelotón de ametralladoras, el teniente Ruiz contuvo el avance de fuerzas alemanas muy superiores hasta perder la última ametralladora y luego sólo con granadas y pistolas lanzó un contraataque que desorientó a los nazis e hizo posible la llegada de refuerzos. Meses después, ya en Stalingrado, tomó el mando de un batallón y poco antes de morir consiguió detener el avance de una división acorazada alemana.

También comenzaron a combatir en la guerrilla los pilotos republicanos, pero en 1942 uno de ellos, Juan Bravo, se encontró por casualidad en Moscú con el general Alexánder Osipenko, jefe de la defensa antiaérea soviética que le conocía desde la Guerra Civil Española.

Fue así como más de 70 españoles lograron combatir en los cielos de la URSS. Por el número de aviones derribados los nombres de varios quedaron grabados en la lista de los hombres destacados de la Segunda Guerra Mundial. Prueba de ello es el hecho de que en la escuadrilla de cinco cazas que escoltó el avión de Stalin a la conferencia cumbre de los aliados en Teherán, tres eran pilotados por españoles, y la encabezaba el para entonces coronel Juan Bravo.

Rusia valoró la aportación de aquel puñado de españoles

En la capital rusa está situado el Parque de la Victoria, dedicada a los caídos en la Gran Guerra Patria, como llamaban en la URSS a la contienda de 1941-1945 contra Alemania.

Terminado tras la caída del comunismo, el parque alberga una iglesia ortodoxa, una mezquita y una sinagoga, símbolos de las principales religiones de Rusia. En una esquina del parque, en medio de una glorieta, aparece inesperadamente una pequeña capilla católica.

Una lápida en ruso y español recuerda al puñado de españoles que combatieron hombro a hombro con sus camaradas soviéticos.


Por LEONCIO SORIANO, para Rusia Hoy.


FUENTE: RUSSIA BEYOND THE HEADLINES