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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Franco ha muerto... Sus corruptos herederos gobiernan.

Por Paco Arenas

Aquel miércoles 19 de noviembre al llegar a mi casa vi a mi madre más preocupada de lo habitual, estaba casi demacrada, allí inmóvil, parada junto a la radio, raro en ella que siempre hacendosa andaba en un frenético ir y venir, limpiando, cosiendo o cocinando, pero se había quedado de pie junto al transistor, a pesar de no ser tarde, estaba escuchando Radio Francia Internacional. Pensé que había ocurrido algo realmente grave, me asusté.

¿Qué pasa madre?

-Franco se ha muerto.

Mi madre no dejaba de sorprenderme, era tanto el tiempo que lo esperaba, incluso yo en mi temprana adolescencia obrera llevaba tiempo esperando esa muerte, dos meses antes habían sido asesinados cinco jóvenes antifranquistas, en mi casa hubiésemos deseado mil veces que el muerto fuese el general que firmó las sentencias, hubiésemos deseado estar en las calles de París o Londres para gritar: ¡Franco asesino! Aquel 27 de septiembre de aquel año.

Con el comienzo de la agonía del dictador, nos habíamos pegado más a la radio, ya el día 18, escuchamos que había muerto no recuerdo si en Radio España Independiente o en Radio Francia Internacional, en la calle se decía que no daban la noticia para hacer coincidir su muerte con la del fundador de Falange, y mi madre dijo "y con la de Durruti que era más importante", pero yo no sabía quién era Durruti.

A mi madre la veía esperanzada con lo que podría llegar a significar la muerte del general genocida. - "Por fin seremos un país normal, puede que todavía puedas estudiar, como estudian los chiquillos de tu edad en el extranjero...- Me decía y yo la escuchaba con ilusión, me hablaba de mi padre, de su padre que ya anciano pasó algunos años en el penal de Chinchilla por haber sido dirigente de UGT, me hablaba de la guerra y, sobre todo, de la posguerra, de los abusos que habían tenido que soportar y de la obsesión de mi padre por irse a Argentina para vivir como las personas.

Pero ahora después de haber escuchado la segura muerte del dictador, mi madre estaba muy preocupada... El fantasma de la guerra se le "representaba", como decía ella, tenía miedo.

- Todavía queda mucho odio y sobre todo muchas heridas sangrantes. - También rechazaba la idea de que el sucesor del dictador ocupase el trono.

- Un rey es algo inútil y costoso, nunca, desde que el mundo es mundo, los pobres nos hemos hartado de comer habiendo un rey.

Aquella noche nos la pasamos pegados a la radio, yo cansado del duro trabajo en la obra, me dormí, cuando desperté para irme a trabajar, mi madre ya nos había preparado el desayuno, a mi hermano y a mí, ya no estaba preocupada, la radio le había inundado el semblante de ánimo y esperanza.

Antes de ir a trabajar pasamos por el bar donde nos reuníamos para ir a la obra, extrañamente, el jefe se retrasó más de la cuenta y pudimos ver al compungido Arias Navarro, en blanco y negro, dar la noticia de la muerte del padrino del rey, el cual se encargaría de perpetuar la dictadura descafeinada, después de la muerte del "Caudillo". Con lágrimas en los ojos llegó nuestro jefe, inconsolable, por la pérdida del "padre de todos los españoles", como dijo sin parar de llorar. Como las buenas noticias no llegan solas, dijo que nos pagaba el jornal sin ir a trabajar, pues bastante dolor teníamos los españoles en aquel triste día, mi dolor fue físico, del codazo que me dio mi hermano para que disimulase mi satisfacción.

Aquel día soñamos al amanecer con la libertad, una libertad que se dejaba ver, tocar y acariciar, sentíamos su presencia, desde el mismo momento del fallecimiento, pensábamos que aquellas nubes que se acercaban por el horizonte venían cargadas de libertad, pero el resplandor del sol tras ellas nos engañó, llegarían las claudicaciones y las traiciones, las mentiras y las desilusiones. Su sucesor le fue fiel, aflojó un poco los nudos para que nos confiásemos, para que creyésemos que teníamos auténtica libertad. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que 37 años después los herederos políticos de Falange y el Movimiento Nacional ganarían las elecciones otro 20-N y llevarían a cabo la mayor agresión contra el pueblo desde la muerte del genocida del Ferrol?

Hoy podemos decir que el actual Régimen político español tiene muchas más semejanzas con lo que es una dictadura, que con lo que se pueda considerar una democracia. Está permitido robar, a bancos, políticos y miembros de la Casa Real, pero protestar porque te hayan robado la casa, te hayan quitado el derecho a la sanidad, a la educación o protestes contra los corruptos, los ladrones o pidas que te devuelvan lo que te han robado, puede llevarte a la cárcel de por vida o arruinarte la vida para siempre con multas de hasta 60.000 €. Pensarán los ladrones que la gente, que el pueblo, tiene tan fácil robar como lo tienen ellos. Nosotros no tenemos sobresueldos, en muchos casos, más de seis millones de españoles ni tan siquiera sueldos.

Pero eso llegaría después, aquel día no brindamos con champan porque éramos pobres, pero en mi casa el potaje que preparó mi madre nos supo al más exquisito de los manjares.


FUENTE: España por la República

viernes, 24 de octubre de 2014

La pisada del franquismo se enquista

La simbología del régimen de Franco pervive en escudos, calles y cruces en multitud de Ayuntamientos gallegos aunque la ley obligue a retirarlos.


Escudo preconstitucional en el edificio de Aduanas, en Ferroll Vello


A Galicia le está costando agrias polémicas políticas y judiciales borrar de su patrimonio la dolorosa huella de cuatro décadas de franquismo incluso 39 años después de la muerte del dictador. Ni siquiera la Ley de Memoria Histórica (52/2007), que hace siete años dejó claro que las Administraciones públicas están obligadas a retirar cualquier vestigio del régimen preconstitucional, ha puesto fin a una controversia que se reabre cada dos por tres.

Escudos preconstitucionales en la fachada de inmuebles o colegios públicos, placas con el yugo y las flechas, símbolo de la Falange, adheridos a grupos de viviendas o en docenas de fuentes o lavaderos repartidos por toda la orografía gallega y calles que aún llevan el nombre de los militares que armaron el golpe de Estado contra la II República en 1936: General Sanjurjo, Almirante Vierna, Francisco y Salvador Moreno Fernández, son algunos ejemplos frecuentes.

El último caso en alimentar este debate es la Cruz "a los caídos" del monte de O Castro que el alcalde de Vigo, Abel Caballero, se niega a retirar aunque una sentencia reciente se lo ordena. Disconforme con el fallo, el regidor socialista anunció que lo recurrirá hasta donde haga falta para que la cruz franquista se quede donde está. Este ostentoso monolito de piedra, con sus 12 metros clavados en vertical en la falda del monte vigués, lo erigió la Falange para honrar a las víctimas de un solo bando, el nacional, y a su inauguración, en 1961, acudió Franco en persona.

La cruz está en el centro de la pelea administrativa que enfrenta al gobierno con la Asociación Viguesa por la Memoria Histórica, que lleva tres años pugnando para que el Ayuntamiento se pliegue a la ley y la retire. La primera negativa de Caballero a quitar el monolito de O Castro fue una resolución del Gobierno local fechada el 1 de marzo de 2013 que la entidad recurrió en los tribunales. El juez, Antonio Marínez Quintanar, titular del Contencioso número dos de Vigo, les ha dado la razón en una sentencia fechada el 4 de septiembre que ordena al Gobierno local su retirada inmediata. El socialista se resiste aduciendo que es un símbolo religioso sin apellido y limpio de connotaciones fascistas, y vuelve a sintonizar con el PP, su inesperado socio presupuestario, que tampoco ve mayor problema en dejar la cruz en su sitio. Se excusa, Caballero, en el lavado de cara que le hicieron en los ochenta -fue una decisión de la primera corporación democrática en junio de 1981- para retirar los escudos y placas que adornaban la base con loas al régimen. No dice lo mismo la sentencia, que dedica dos de las 19 páginas a analizar la simbología de la cruz y cita el informe pericial del historiador José Ramón Rodríguez Lago, doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Vigo, para concluir que su naturaleza es ineludiblemente franquista, además de una "humillación innecesaria y un sufrimiento añadido" para sus víctimas.

La cruz de Vigo no es un caso aislado ni el último rescoldo del franquismo que Galicia tiene pendiente de eliminar aunque probablemente es el más ostentoso de todos los que quedan. El choque entre el Ayuntamiento y las asociaciones de la memoria histórica tienen su réplica en otros municipios gallegos. No hace mucho que Ferrol, ciudad natal de Franco, batallaba con el mismo dilema que Vigo. La Cruz de los Caídos de la plaza de Amboage, en pleno centro urbano hasta 2010, se retiró aprovechando una reforma urbanística y fue uno de los últimos vestigios en salir de un espacio público en una urbe que los tenía por docenas y que aún tiene deberes pendientes en el callejero del Arsenal militar para rebautizar la glorieta del Generalísimo, la avenida Salvador Moreno, la plaza Marqués de Alborán y las calles Carrero Blanco, Honorio Cornejo, Almirante Vierna y Crucero Baleares, que rinden homenaje a los golpistas y las fuerzas que arroparon a Franco para derrocar la II República.

La cruz de Amboage era más pequeña que la de O Castro pero compartía la misma naturaleza falangista y era el blanco favorito de las pintadas independentistas. La polémica quedó empequeñecida por el trasiego que ya supuso, en julio de 2002, quitar la enorme estatua ecuestre de Franco que presidía la entrada a Ferrol por la plaza de España. Se la llevaron en una jaula, entre aplausos y abucheos, y la aparcaron ochos años en la entrada del Museo Naval hasta que el Ministerio de Defensa, en marzo de 2010, se decidió a esconderla dentro de un recinto militar, tapada por una lona, para alejarla de turistas y curiosos que se dejaban caer para hacerse una foto. El Gobierno ferrolano ya retiró el escudo preconstitucional de la escalinata del consistorio y otro más de la biblioteca. Queda pendiente uno que preside la puerta del edificio de Aduanas, en Ferrol Vello. 


A Coruña: la dictadura en 52 huellas

L. B.
A Galicia le está costando agrias polémicas políticas y judiciales borrar de su patrimonio la dolorosa huella de cuatro décadas de franquismo incluso 39 años después de la muerte del dictador. Ni siquiera la Ley de Memoria Histórica (52/2007), que hace siete años dejó claro que las Administraciones públicas están obligadas a retirar cualquier vestigio del régimen preconstitucional, ha puesto fin a una controversia que se reabre cada dos por tres.
Escudos preconstitucionales en la fachada de inmuebles o colegios públicos, placas con el yugo y las flechas, símbolo de la Falange, adheridos a grupos de viviendas o en docenas de fuentes o lavaderos repartidos por toda la orografía gallega y calles que aún llevan el nombre de los militares que armaron el golpe de Estado contra la II República en 1936: General Sanjurjo, Almirante Vierna, Francisco y Salvador Moreno Fernández, son algunos ejemplos frecuentes.
El último caso en alimentar este debate es la Cruz “a los caídos” del monte de O Castro que el alcalde de Vigo, Abel Caballero, se niega a retirar aunque una sentencia reciente se lo ordena. Disconforme con el fallo, el regidor socialista anunció que lo recurrirá hasta donde haga falta para que la cruz franquista se quede donde está. Este ostentoso monolito de piedra, con sus 12 metros clavados en vertical en la falda del monte vigués, lo erigió la Falange para honrar a las víctimas de un solo bando, el nacional, y a su inauguración, en 1961, acudió Franco en persona.
La cruz está en el centro de la pelea administrativa que enfrenta al gobierno con la Asociación Viguesa pola Memoria Histórica, que lleva tres años pugnando para que el Ayuntamiento se pliegue a la ley y la retire. La primera negativa de Caballero a quitar el monolito de O Castro fue una resolución del Gobierno local fechada el 1 de marzo de 2013 que la entidad recurrió en los tribunales. El juez, Antonio Martínez Quintanar, titular del Contencioso número dos de Vigo, les ha dado la razón en una sentencia fechada el 4 de septiembre que ordena al Gobierno local su retirada inmediata. El socialista se resiste aduciendo que es un símbolo religioso sin apellido y limpio de connotaciones fascistas, y vuelve a sintonizar con el PP, su inesperado socio presupuestario, que tampoco ve mayor problema en dejar la cruz en su sitio. Se excusa, Caballero, en el lavado de cara que le hicieron en los ochenta —fue una decisión de la primera corporación democrática en junio de 1981— para retirar los escudos y placas que adornaban la base con loas al régimen. No dice lo mismo la sentencia, que dedica dos de las 19 páginas a analizar la simbología de la cruz y cita el informe pericial del historiador José Ramón Rodríguez Lago, doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Vigo, para concluir que su naturaleza es ineludiblemente franquista, además de una “humillación innecesaria y un sufrimiento añadido” para sus víctimas.
La cruz de Vigo no es un caso aislado ni el último rescoldo del franquismo que Galicia tienen pendiente de eliminar aunque probablemente es el más ostentoso de todos lo que quedan. El choque entre el Ayuntamiento y las asociaciones de la memoria histórica tienen su réplica en otros municipios gallegos. No hace mucho que Ferrol, ciudad natal de Franco, batallaba con el mismo dilema que Vigo. La Cruz de los Caídos de la plaza de Amboage, en pleno centro urbano hasta 2010, se retiró aprovechando una reforma urbanística y fue uno de los últimos vestigios en salir de un espacio público en una urbe que los tenía por docenas y que aún tiene deberes pendientes en el callejero del Arsenal militar para rebautizar la glorieta del Generalísimo, la avenida Salvador Moreno, la plaza Marqués de Alborán y las calles Carrero Blanco, Honorio Cornejo, Almirante Vierna y Crucero Baleares, que rinden homenaje a los golpistas y las fuerzas que arroparon a Franco para derrocar la II República.
La cruz de Amboage era más pequeña que la de O Castro pero compartía la misma naturaleza falangista y era el blanco favorito de las pintadas independentistas. La polémica quedó empequeñecida por el trasiego que ya supuso, en julio de 2002, quitar la enorme estatua ecuestre de Franco que presidía la entrada a Ferrol por la plaza de España. Se la llevaron en una jaula, entre aplausos y abucheos, y la aparcaron ocho años en la entrada del Museo Naval hasta que el Ministerio de Defensa, en marzo de 2010, se decidió a esconderla dentro de un recinto militar, tapada por una lona, para alejarla de turistas y curiosos que se dejaban caer para hacerse una foto. El Gobierno ferrolano ya retiró el escudo preconstitucional de la escalinata del consistorio y otro más de la biblioteca. Queda pendiente uno que preside la puerta del edificio de Aduanas, en Ferrol Vello.


FUENTE: EL PAÍS